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Pronto vendrán las lluvias

ANGEL

Ella solía pensar en colores. Yo tenía un campo cromático indefinido, algo más nocturno. En realidad yo era en blanco y negro. Ella se compraba cds. Yo me moría por los clásicos en vinilos. Pero cuando caminaba con ese pulso silencioso y me miraba con esa cara al borde de la decepción, me enamoraba otra vez, aunque fuera un ratito, pero me enamoraba. Era muy raro.

Yo pensaba que esto del amor consistía en planetas que se rozan y en mil meteoritos volando en direcciones opuestas cuando alguien te roza… Pero cuando se acercó a mí, eso no me importó en absoluto. No había planetas explotando ni trozos de materia a mil velocidades. Pero solo importaba que ella estaba frente a mí y hablaba de esto y de aquello.

Ella siempre dormía en el mismo lado de la cama en mi casa y en el lado contrario en la suya. Supongo que no decía muchas cosas por miedo, por timidez o por las dos cosas. Puede que yo no le dejase el espacio suficiente para decirlas. El caso es que ya no nos vemos y escucho parte de su silencio por el pasillo. Ya no sé si me gusta o no me gusta su ausencia. El hecho es que no está y se ha convertido en pasado. Creo que fue culpa mía, o no. Ya no importa. Creo que fui yo quién precipitó su desaparición.

No creo que este cigarro me devuelva su piel, ni esta cerveza sepa como ella y el tiro que voy a meterme ahora mismo seguro que no me da la calma ni el arrullo que me daban sus palabras… Sin embargo, voy a fumarme este cigarro, beberme esta cerveza y meterme ese tiro o muchos más.

Es curioso lo fácil que es morir para las personas. En esta ciudad tan grande, no estar juntos supone que puede que jamás volvamos a vernos. O que pasen meses sin que nos encontremos. Un buen día, al salir de un bar, o en algún concierto nos cruzaremos. Puede que ella vaya de la mano de algún idiota, o puede que no sea nada idiota y que el idiota sea yo. O puede que sea yo el que vaya agarrado a otra persona. Nos saludaremos, como dos extraños, puede que con un movimiento de cabeza. Si ese es el encuentro, se confirmará que fuimos solo dos personas que se cruzan, se dan, se quitan y se van.

Al fin y al cabo ahora soy yo el que piensa en color y ella la que seguramente piense en blanco y negro. Seguro que ve mi imagen en blanco y negro por comportarme de forma tan absurda. Las personas que se cruzan acaban por confundirse, mezclarse y arrojarse a la desesperación de las cosas que pasan. Es como esa frase que dicen sobre los erizos. Hacerse bien por delante, y hacerse mucho daño con las púas cuando nos damos la vuelta. Lo digo por su última mirada de absoluto desprecio. También por  esa manera definitiva de darse la vuelta y dejarme en el banco sentado, al sol. Hacía demasiado sol para ser diciembre y había muy pocas ganas de despedirnos, pero lo hicimos y ahora solo quedan recuerdos que se estrellan contra las aceras y que se irán borrando. Porque este sol de diciembre no durará para siempre. Pronto vendrán las lluvias.

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