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Sin ruedines

joy
Es su cumpleaños. 52 años arrastrando algunas ilusiones y, supongo, infiernos viejos y nuevos. Escucho su respiración de hombre fumador y flaco. Desliza su pierna de barrio en barrio y mira por la ventana con cinco sentidos, entre el cristal y su cristalino solo un poco de aire húmedo. Le quiero como nunca he querido a nadie del sexo opuesto, le quiero hasta en espacios paralelos, le quiero en notas musicales, en su estudio con su guitarra, en los ruidos de su batería, en los ritmos de sus vinilos viejos, en los campos de una infancia que me invento repasando fotos.
Cuando mi bici tenía ruedines, él agarraba con su mano oscura y llena de cicatrices la barra roja de mi BH. Me perseguía casi volando por aquella carretera irregular y escondida. Me seguía y le daba velocidad a esa bici roja. Entonces, cuando yo sentía que nada en el mundo podía ir más rápido, que no había ruedas más rápidas que sus piernas, soltaba y me decía “ahora tú sola”. Me caía y fruncía el ceño enfadada con mi torpeza. Volvíamos a repetir: “Pedalea ahora, más fuerte”. Y lo hice.
Desde ese momento y hasta hoy, él ha estado presente en cada uno de los ruedines que le he ido quitando a mi vida.
A veces me lo encuentro en un pensamiento roto, en un momento triste que no le cuento para que no sufra por mí, en las canciones que son nuestras y solo nuestras aunque no nos lo digamos. Si se rompe mi corazón de tanto uso, él me acaricia la nuca cuando camino de espaldas y dice “Emilia…”. Lo dice como canturreando, como lo hace todo. Todo él es un gran rock sinfónico, progresivo y lleno de instrumentos, matices, luces que se descomponen y hacen que la luz sea enorme e insoportablemente bonita.
Es su cumpleaños y le cantamos bajito en un restaurante italiano en Embankment. Se pone nervioso, le gusta y se le nota pero le da vergüenza que le queramos tanto. Sonríe como cuando me ve pedalear y yo vuelvo a tener 8 años y él vuelve a empujarme. Se pone triste en mis tristezas, se pone contento en mis risas y nos encontramos en una especie de cielo paralelo y nuestro fabricado a base de silencios y energías cósmicas. Me empuja, me lleva, me cuida, me piensa, me quiere… y se que me quiere como nunca nadie lo hará. Me quiere con todo el cuerpo, con todas mis debilidades, con mis fronteras y mis límites. Me quiere tanto que destroza esos límites y los lleva más allá. Cree en mi más que nadie y yo creo en él como creen los que golpean el muro de las lamentaciones, como creen los que rezan, los que se confiesan, los que miran al cielo y piden. Creo en él porque me abraza y “no pasa nada cariño”. Creo en él porque “hay un tiempo para todo bajo las estrellas, gordi”. Creo en él porque es el sitio de mi recreo. Creo en él porque es el hombre capaz de hacerme reír cuando estoy tan triste que Londres parece gris cuando está soleado. Creo en él y le quiero 52 años más a mi lado, y le quiero siempre en ese espacio parelelo en el que nos encontramos y me empuja y me hace volar lejos, llegar a coger la velocidad de mis sueños mientras pierdo el miedo, mientras todo lo malo se escapa y el viento se lo lleva todo…
A mi aita.

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Un pensamiento en “Sin ruedines

  1. Precioso, como siempre Emi, pero…
    Je, jeee… ¿no has cambiado la bici por un hotel?

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