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Grillos que explotan de tanto verano

Escuchó un ruido y salió a la cocina. Un tren acababa de aparcar en su apartamento. Pasaba a menudo, así que volvió a la cama y se abrazó a los cuatro cojines hechos a retales. Siempre empezaba todo de la misma forma. Primero el murmullo con aspiraciones de ruido, después la gente charlando en los vagones y, por último, la extraña sensación de despedirse de cada uno de los pasajeros para siempre. Algo parecido a la nostalgia, pero de colores.

Cuando cerró los ojos, una manta de miedo le subió poco a poco por el cuerpo. Lo cubrió todo como si fuera miel. Le embadurno los ojos, las pestañas y la nariz. Se derramó hasta ensuciar cada alegría. “Es lo que pasa con el miedo, que si no lo conduces, te ensucia y te deja pegajosa”, pensó.

Se acordó entonces de las piscinas en invierno, de la fantástica sensación de desgranar espigas entre los dedos y de ese olor de las noches de San Lorenzo. Mantas en el suelo, estrellas que se mueven y grillos que explotan de tanto verano. Recordar esas cosas hacían que ese pegamento insoportable se despegara de su cuerpo.

Buscó en otro baúl, uno aún más viejo. Encontró un dibujo hecho sin levantar el lápiz, una mesa pintarrajeada en su parte no visible y dos canciones que sabía cantar del revés.

Esa pringosa sensación se fue. Ella se abrazó a los cojines, o a las ausencias, que viene a ser lo mismo, y persiguió el sueño hasta tirarle al suelo.

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