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Súbeme la falda ahora

Vayamos unos años atrás. Tengo 12 años, un vestido verde de florecitas blancas y ni siquiera llevo ortodoncia en los dientes. Tengo las paletas separadas y eso me acompleja hasta el punto que me río apretando los labios con timidez absurda. Voy en autobús cada día al Colegio Rural Agrupado de Navatejera.

Cada mañana y cada tarde se repite el mismo rito. Un chico, de los repetidores, espera una a una a que subamos las chicas y nos va tocando el culo una a una. Él ya tiene 15 y es de los “malos” del colegio. Corremos a nuestros asientos y las risas de los que ocupan las primeras plazas nos salpican a todas. Al bajar, se repite su exhibición de fuerza. Hasta el conductor del autobús se ríe.

Volvamos a aquel vestido verde. Una tarde vuelvo en autobús del colegio con ese famoso vestido, uno de mis preferidos de la historia, y el pelo bastante más corto que ahora. No me quedaba bien pero era lo que se llevaba y con 12 no piensas con claridad. Llevo las piernas al aire porque a finales de mayo, en la periferia leonesa, hace calor. Cuando llega mi parada bajo. Él, el chico malote del cole, vuelve a hacer lo mismo. Esta vez, no contento con tocarme el culo como hacía habitualmente, me sube el vestido y dice algunas barbaridades que andarán garabateadas en algún diario pero que he olvidado con los años. En ese momento siento tanta humillación y rabia que me giro. Simplemente me canso de aguantar. Le cruzo la cara de un guantazo.

Si la historia terminase aquí, sería una bonita crónica de mi despertar como niña / mujer empoderada… Un relato breve pero intenso de cómo las oprimidas nos revelamos ante las injusticias diarias, pequeñas pero dolorosas. Si, como esas gotitas de agua que horadan con tenacidad las cuevas de Valporquero. Pero no. No acaba aquí.

El chico en cuestión, llamémosle I., me agarra por la mochila y tira de mí. Sujetándome los brazos me da tantas patadas que, cuando me deja libre por puro cansancio, casi no puedo caminar.

Lloro en la esquina un rato. Odio mi vestido verde y pienso que era mejor no volver a ponérmelo. Cuando me calmo, me voy a casa.

Siempre se me nota cuando lloro así que entro en casa y me voy directa a la habitación. No se si podéis recordar lo desgraciada que te puedes sentir cuando tienes doce y trece años y sufres una humillación de este nivel. Bien, pues así me siento en ese momento.

Mi padre entra y me hace un tercer grado.

Aguanto y callo mientras puedo. Al fin y al cabo, la culpa, pienso en aquel momento, es mía por responder a lo que todas aguantamos a diario. Finalmente levanto la falda y sin decir una palabra le enseño a mis padres cómo han quedado mis piernas. Hay moratones inmensos de color negro y morado por todas las piernas adolescentes. Me sorbo los mocos y cuento lo que ha pasado…

Aquel muchacho no volvió a ponerme una mano encima. Creo que mi padre tuvo una intensa charla con él.

Por mi parte, nunca le dije nada y hasta charlaba afablemente con él si me lo encontraba por ahí. Hasta, lerda que es una con el autoestima adolescente a medio hacer, bailé con él. Eso antes de que le metieran preso, claro.

Yo hoy… 20 años después de aquel incidente, quiero decirle desde aquí que se vaya a la mierda y que, si tiene huevos, venga a subirme ahora el vestido.

Emi

 

 

   

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3 pensamientos en “Súbeme la falda ahora

  1. javier en dijo:

    Emila Laura..Qué nombre más feo.

  2. Acabó en la cárcel… pero la mayoría no llegan ahí, y acosar verbalmente o visualmente y asaltar físicamente sigue siendo la rutina masculina de demasiados hombres, jaleados por muchos otros. Y la pesadilla de todas las mujeres.

    Lamento leer tu historia, y es terrible constatar que todas, absolutamente todas, habéis pasado por experiencias al menos tan desagradables y dolorosas como la que relatas. Admiro tu coraje. Yo nunca me atreví a plantar cara a ningún matón de mi cole.

    Un saludo

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