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“¿Quién lo iba a decir?”

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Hace algunos días vino mi abuelo a Bilbao. Él ahora vive en su pueblo, nuestro pueblo, Villaverde de los Cestos, en León.  Dejó Bilbao cuando yo estaba en el vientre de mi madre, a puntito de venir al mundo. En aquel año, 1982, vendió el restaurante que tenía en el monte Artxanda, cansado de pagar el impuesto revolucionario que exigía ETA, y se fue de aquí.

“Cerca de aquí estaba yo de Patrona. En la calle Conde Mirasol. Llegué con una mano delante y otra detrás. Era casi un niño. Me despertaba y me iba al puerto a descargar cajas, a lo que fuera.”

Eso me dijo nada más verme. Pensé que tenía gracia como a veces se cierran los círculos. Mientras le ayudaba a descargar cajas llenas de castañas, membrillo, pimientos y vainas, me fijé en el coche, en la acera, en mi abuelo, en el paso del tiempo, en la historia que se repite.

Mi abuelo miro la calle San Francisco con aquellos ojos llenitos de pasado hasta los topes. Con ese movimiento de cabeza que sale de lo más profundo de la memoria, un movimiento inconsciente, cadente y lento.

“Ha cambiado mucho esto. Fíjate tú. ¿Quién lo iba a decir? Ahora tu vives al lado de donde viví yo cuando llegué a esta ciudad a buscarme la vida.”

Sonrió mirando el trajín de las aceras a esas horas en mi barrio. “Está lleno de negros. Cuando yo vivía en Bilbao no había ni uno. Tu abuela Elisa se asustó la primera vez que vió uno. No por nada. Es que antes no se veían. Mira que bien lo colorido que está ahora el barrio”.

Sonreí y le dije que conocía aquella historia. Subimos hasta el segundo piso donde vivimos y al dejar la caja en el suelo mi abuelo sacó un pañuelo con sus iniciales, de los de antes. Mientras se sonaba la nariz dijo: “Vendrán a lo que vinimos todos. A trabajar.”

Después de ordenar todos los regalos recién llegados de El Bierzo, que siempre huelen a leña y a noches frías, se sentó y habló casi llevado por alguna obligación del alma.

“Descargaba cajas y solo me daba para pagar cama y fonda. Pero después ya encontré un trabajo en la cocina de un hotel. Muchos años pasé yo en Bilbao. En aquel hotel conocí a tu abuela. Parecía una actriz. Guapa, alta, tan trabajadora… Se la rifaban. Llamaba la atención de lo elegante que era.”

Esa tarde de viernes, en esa visita,  mi abuelo me contó que salía tan tarde del hotel y entraba tan temprano por la tarde que echaba la siesta en un banco de El Arenal. Para no subir hasta su casa, claro. Le imagine joven, guapo, como en la foto que cuelga en mi pared. Le imagine tumbado y jugando con un palillo en la boca.

Mi abuelo se marchó después de unas horas de charlas. Fueron conversaciones suyas con su propio pasado. Setenta y ocho años de aciertos y desaciertos. Setenta y ocho años que deben pesarle mucho porque cada vez camina más despacio. Después de despedirle me asomo al balcón y me fijo en la plaza, en los coches. Hay dos contenedores. Todo oscuro en una noche fría, húmeda y casi redonda. Como la plaza. A lo lejos, se asomaban dos montes negros para mirar a un Bilbao irreconocible. Ya no se parece al de 1950. No queda mucho del Bilbao de mis abuelos.

El coche de mi abuelo se alejó.

En la plaza tres hombres estaban sentados. Se miraban las manos y a veces hasta hablaban entre ellos. Uno se levantó y estiró las piernas.

Cerré el balcón y entré en nuestra casa. Cerré la puerta a los recuerdos de otros, los que por alguna cuestión genética seguro que llevo impresos en alguna parte. Mejor esconderlos que hay cosas que te dejan mirando a la nada durante horas por la ventana. Bajé la persiana a la nostalgia suave de los meses fríos y me guardé dentro, entre las cosas que nos pasan todos los días.

Emi

A mi abuelo Avelino, su membrillo y sus pimientos…

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2 pensamientos en ““¿Quién lo iba a decir?”

  1. M.LAU en dijo:

    muy bello! saludos y besos!

  2. Qué bonito Emily, me ha encantado. Siempre me han fascinado los recuerdos del Bilbao de los 50. Será porque también mis abuelos llegaron a Bilbao a buscarse la vida en aquella época llena de oportunidades.

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