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Yo voy a la huelga

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Yo hago huelga el 8 de marzo y la hago desde el privilegio. Es mi obligación porque muchas otras no pueden hacerla. Tengo un trabajo fijo con un sueldo razonable, soy blanca y mi pareja (hombre) se corresponsabiliza en las tareas de cuidado.

Hago huelga por todas las que no tienen la posibilidad de hacerla aunque quieran y tengan razones: las que recogen las fresas que tú te comes por cuatro euros de miseria, las que te cosen la ropa casi a oscuras y en barracones para que te salga baratita en Zara y te compres mucha, por las internas a las que se les niega el derecho a vivir sus propias vidas, esclavas en jaulas de los barrios ricos, por las pensionistas que apenas cobran porque todo el trabajo que hicieron y hacen no lo reconoce la Seguridad Social, por las mujeres que sufren maltrato y tendrán que sentarse a la mesa con un verdugo maldito hoy, mañana y el día 8.

También por las mujeres racializadas que no se han sentido incluidas en esta convocatoria, con la esperanza de que seamos capaces de hacerlo mejor y de caminar juntas, unidas y hermanas. Por las trans que han sido discriminadas y vapuleadas. Por las mujeres víctimas de trata, que son presas y esclavas del siglo XXI a los ojos de todas, de todos. Por las mujeres precarias; por ese tanto por ciento vergonzante que engrosa las listas del paro y por aquellas que no se atreven a hacer huelga por miedo al despido o porque no llegan a fin de mes. Por las mujeres que trabajan en sectores masculinizados y viven rodeadas del heteropatriarcado más duro. Por las bolleras que no se atreven a decirlo en casa ni en la cuadrilla y que enfrentan desde el dolor de estómago la lesbofobia diaria. Por las mujeres que defienden el planeta que estamos devorando y lo hacen hasta con su vida desde las comunidades rurales. Por Berta Cáceres, asesinada. Por las que ya no están: las asesinadas, las olvidadas. Las que han sufrido violencia sexual y la han escondido en lo más profundo de su memoria para poder seguir adelante.

Puede sonar extraño pero también voy a la huelga por las negacionistas, las que aún no se han leído la definición de feminismo, las provida, las mujeres que siguen negando la desigualdad que gritan las cifras, las estadísticas y la cruda realidad, las cómplices del patriarcado que engrosan las listas de los partidos de la misoginia. Por ellas también salgo a la calle. Porque algún día, estoy segura, os hará falta la sororidad feminista, igual que a todas. Porque si bien las mujeres empobrecidas, racializadas, migradas, bolleras, trans… sufren en mayor medida el golpe del heteropatriarcado, el machismo no entiende de clase, de raza ni de fronteras y ser blanca y rica no va a libraros de sus garras. Algún día encontraréis la gratitud necesaria para reconocer todo lo que este mundo le debe al movimiento feminista. Algún día os daréis cuenta de que sin igualdad, sin la igualdad por la que lleva años peleando el movimiento feminista… no podemos construir una sociedad más justa.

Que viva la lucha de las mujeres.

Aquí toda la información sobre convocatorias.

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Caminan

La caravana centroamericana se encuentra en el estado de Veracruz, México

Atraviesan caminos de tierra, selvas verdosas, ríos inmensos. Primero una pierna y después la otra. Hay pasos cortos, rápidos, lentos y hay grandes zancadas. Depende de si el dueño de los pasos en un joven vigoroso, una niña asustada o el carrito de un bebé, cercenado por el gasto, medio roto. Entonces no son pasos, son rastros continuos, finos.

Caminan porque han vivido a la carrera demasiado tiempo. Se escapan del trabajo esclavo, de las maras violentas, de la miseria sin futuro, de las multinacionales que engullen sus campos, sus lagos, sus frutas, sus montes, sus riquezas, la opulencia de la tierra que no les pertenece aunque la trabajen.

Caminan porque atrás queda la violencia patriarcal, la violencia neoliberal, la violencia de un sistema político corrupto, de la represión, de la desigualdad infame que les aplasta los sueños hasta hacerlos bien chiquitos.

Caminan porque quieren una vida tranquila. Su empleo, su comida con la familia, su programa de televisión, su partido de fútbol, su canción favorita. Como cualquiera.

Caminan porque quedarse significa esperar la nada, bordear la muerte, aceptar el destino de los que nacen “nadies”, de las que nacen “cosas”.

Caminan valientes con niños y niñas a cuestas, empujando sillas de ruedas.

Valientes que caminan. Héroes y heroínas de la esperanza, de la lucha, de la supervivencia. Caminan para hacer más grande el mundo que se ha quedado pequeño. Será por lavarlo con agua fría. Aguas frías que recogen los cuerpos muertos del Mediterráneo, aguas frías y estancadas las de nuestros pechos occidentales.

Aguas frías de olvido, de desmemoria, de vergüenza…

 

Carmen vuelve al pueblo

La tía Carmen se ha apagado en una pequeña habitación de observación en el hospital de Basurto. Durante horas, miraba hacia ninguna parte desde unos ojos que han visto durante 90 años. Carmen está a 556 kilómetros de Torre de Don Miguel, el pueblo en el que Emilia y Enrique la nacieron. Ella, la mayor de 8 hermanos, fue la primera en venir a Bilbao hace más de 60 años para buscar un futuro lejos de las estrecheces de Extremadura. Lo hizo de la manita de su Cándido y con una maleta de cartón.Después, toda la familia cogió el mismo tren. Él se murió con apenas 30 años en aquel viejo tranvía que traqueteabe el botxo de un lado al otro. Se desplomó, fulminado, se acabó demasiado pronto. Ella se quedó sin hijos, se le murió la alegría y se vistió de negro.

De negro ha estado siempre. Cuidando a “padre” hasta el último día, haciendo caldito y moviendo la aguja de punto y la de ganchillo con destreza. De negro siempre menos hoy, que lleva una bata de esas de los hospitales.

Ella, alta, guapa, morena, recia y fuerte como un toro. Carmen, que le pegó una bofetada a un mozo que quiso relaciones con ella, viuda enamorada de su difunto. A ella, que  conserva en un cajón la cucharita que él llevaba a trabajar. Ella, capaz de arañar la cara, así como suena, a cualquier vecina que cacarease mal de las suyas, de las Hernández; buenas, limpias y muy honestas.

Carmen nunca volvió al pueblo. Nunca. Aunque siempre decía que su mayor desgracia había sido venir a Bilbao, que aquí le vino la mala suerte. “Ay, Cándido. Vaya idea tuviste!” repetía hasta hace bien poco. Será porque aquí le perdió a él y eso a Bilbao no se lo perdona.

Ni al mar, ni al baile. Carmen se consagró a su familia y en sus desvelos y en sus “echar de menos” tejía bufandas, gorritos y sombreros, hacía artesanía y miraba desde su ventana. No tuvo hijos propios pero todos los niños y niñas de esta gran familia han sido suyos también. Recuerdo buscar gusanitos en el armario y también correr a la Casa del Pueblo a comprar golosinas con las 500 pesetazas que me daba la tía Carmen.

Carmen, como tantas mujeres de su generación, fue aquella sombra enlutada de una España que enseñó a sufrir a las mujeres, que cambió a la gente de sitio. Y todo el mundo lo sabe; los peces se mueren fuera del agua, algunos… de la misma pena.

Ella, fuerte y firme pero tierna y matriarca, deja una gatita viuda y dos pisos vacíos llenos de recuerdos. Dos casas que hervían de vida en los 60 y en los 70.

Tía, contigo se van recuerdos de extraperlo, de aquella casa con brasero en la Sierra de Gata, de los olivos y del trabajo duro que deja una pensión de miseria. Mi tia, la que siempre se sintió de otra parte, el pajarito que se encerró en su jaula de 40 metros cuadrados y solo salió para cuidar a los suyos. A tu hermana, mi abuela, ¿te acuerdas? cuando se nos deshacía entre las manos por el puto cáncer.

Yo no creo en estas cosas pero quiero pensar que ahora estás descansando con todos ellos, y sobre todo con él. Y quiero pensar que, al menos en este viaje, si has vuelto a tu pueblo.

Para Carmen Hernández Lázaro. D.E.P.

Emi

Pd: Y perdona que te lleve la contraria en un momento así, Carmen pero… bendita idea tuvo Cándido. Gracias por elegir Bilbao para buscarte la vida.

 

 

 

Aylan se ahoga cada día

Imagen: Nilüfer Demir

Los niños de tres años deben jugar en la orilla. Aquí lo hacen. También los que tienen seis, y aquellas que tienen siete y ya se les ha caído un diente, y aquellas que preguntan y preguntan. Esas también. Su único trabajo en la orilla de todos los océanos del mundo es chapotear, hacer castillos de arena, excavar pozos muy profundos que durarán veinte olas, enterrar secretos muy secretos y salpicar a quién pasea. Eso deben hacer las niñas y los niños a la orilla del mar y todo el mundo lo sabe.

Diego, mi primo, tiene tres años y no para quieto. Tiene la edad que tenía Aylan, aquel niño que murió por culpa de la indiferencia de los dirigentes de Europa. Aquel pequeño que yacía en la arena por culpa del letargo del mundo ante la tragedia de la guerra Siria.

A aquel pequeño de zapatitos diminutos que daba la espalda al mundo que le dio la espalda a él, lo mataron las puertas cerradas, las alambradas de espino, las vigilancias, los pasaportes, los visados, los cupos, las cuotas, los juegos de estrategia que anoche volvieron a ahogar a otro niño como Aylan, a otra pequeña Aylan, a otros 13 Aylan o puede que más…

Sus despachos azules y amarillos, sus estrellas distantes, sus banderas… Tratan a las personas como si fuéramos números, invasiones o plagas… Y no niños con pantalón azul y camisetita roja, que mueren ahogados en el mar huyendo de la guerra.

Como números y no como a un entrenador de fútbol que sostiene a su hijo menor en brazos. Como plagas… y no como a una profesora de inglés que desliza a una niña aterrorizada bajo una alambrada húngara. Como números … no como a un hombre mayor que creía haberlo visto todo y que se apoya en un bastón para cruzar una zanja corriendo todo lo rápido que le deja su avanzada edad.

Aylan tenía solo tres añitos. Igual que Diego. Mi primo se ha pasado el verano jugando en el pueblo de mis abuelos, corriendo, haciendo travesuras, bañándose en el río, besuqueado por toda la familia. ¿Habéis charlado con un niño de tres años? Son como pequeñas esponjas maravillosas. Lo repiten todo siempre con tanta gracia y con una pronunciación tan tierna que dan ganas de escuchar sus ocurrencias en bucle.

Aylan, sin embargo, se pasó el verano huyendo después de sobrevivir a las bombas, a los disparos, al miedo y a la locura de la guerra.

Aylan no cumplirá cuatro años nunca. Ni él ni muchos otros que siguen ahogándose en el mar, muriendo bajo las bombas, abatidos por los disparos.

La vida que pudo ser, la de Aylan, nunca será. Nunca habrá un “verano que viene”, ni un “me pido esto por Navidad”, ni un “voy a portarme mejor”. Terminó todo donde las olas alisan la arena. Se quedó en la orilla de nuestra humanidad, justo en la frontera de nuestra indiferencia.

Las olas se llevaron su último aliento, sus últimos juegos, sus palabras. También su miedo, imagino, al ver que le faltaba el aire… Pero lo que no va a limpiar este mar ni ningún otro, por muy fuerte que sea el oleaje, es la vergüenza y la conciencia de aquellos gobernantes que están permitiendo esto.

La comunidad internacional está sometiendo al pueblo sirio, y no exclusivamente a este pueblo, a un abandono tan cruel, que la historia juzgará este momento con la mayor de las durezas.

Y me vuelve a la cabeza su foto. Aylan. Tan pequeño. Parece dormidito, ¿verdad?. Con la carita mirando el mar… con los zapatitos diminutos.

Duerme Aylan, duerme… Aquí, a este otro lado, estamos tratando de despertar de este letargo inhumano, de esta indiferencia.

Emi*

Palabras mayores

Hay secretos y verdades que solo anidan en los lugares remotos, en los ojos que han visto mucho, en la certera lógica de quién sabe lo que es la vida, pero la vida desnuda, no aquello que nos han contado que es esto de vivir.

Cuando alguien sabe el nombre de los árboles, o el momento en el que vienen aquellas aves y las razones de las lluvias y las nieves, tiene un valioso tesoro.  Existen almas inquietas capaces de encontrar esas minas de oro escondidas en la memoria, en remotas aldeas barridas por el tiempo.

Hay quién tiene la sensibilidad para hacer periodismo y literatura a la vez, con la lengua dulce y sincera, dibujando con frases unas manos callosas, todo con una mirada respetuosa. Pocas plumas son capaces de sobrevolar con tanto cariño las cosas que han pasado, las historias que nos confían.

Imagino a Emilio Gancedo, el autor, con los ojos bien abiertos sentado ante hombres y mujeres de aquí y de allá, escribiendo, sonriendo y frunciendo el ceño, sorprendido honestamente, preguntando de corazón. Su viaje a través de la memoria rural de todos los rincones de España es el libro que me hubiera gustado escribir y que me ha encantado leer. Son historias junto a la lumbre que brotan de la boca de sus protagonistas. No lo lees, les escuchas hablar. Es un plato de caldo después de una tormenta, una conversación observando como despeja la niebla sobre un valle, es una puerta abierta y mágica a la sabiduría tierna y honesta, a unos tiempos que nos han hecho lo que somos. Son bofetadas a una desmemoriada y desagradecida generación que nunca vuelve la vista a sus raíces.

Hay viajeros que pasan por el mundo y ni se enteran. Viajeros que recorren tierras lejanas con un impermeable de prejuicios, expectativas y fotos tomadas antes incluso de hacer la maleta. Luego hay personas que viajan con una esponja en cada uno de sus sentidos; que escuchan, hablan y miran. Hay personas que caminan despacito por pueblos desconocidos que no aparecen en las guías, que se sientan a la fresca y escuchan, que saben que la vida no se entiende desde lejos ni a grandes y rápidas zancadas.

Emilio Gancedo es una de esas personas. Este periodista leonés, comprometido con las letras, las gentes y la memoria, ha parido un libro que se titula Palabras Mayores. Y si, en sus páginas vas a encontrar… Pues eso, palabras mayores.

Emi*

“Se estaba muriendo de soledad”

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Llueve en Santander y el trípode pesa más los jueves. La rueda de prensa es en un hospital.

Ella se llama Paciencia y es una misionera sonriente. Trabajaba en un hospital de Monrovia (Liberia) cuando el gobierno decidió cerrarlo por la epidemia de ébola. Un buen día empezaron la fiebre, los vómitos y la debilidad aplastante. Un grupo de misioneras y trabajadores se quedaron aislados en el hospital.

“Lo más doloroso eran los gritos de auxilio, de dolor… y ver que algunos compañeros no podían llevarse ni un vaso de agua a la boca”, relata. “Nos llamaban y decían que vendrían a buscarnos pero ese día nunca llegaba”. Cuenta que lo más doloroso era la soledad del aislamiento. “Patrick, antes de morir me dijo que no iba a morir de ébola, que se estaba muriendo de soledad”. Y murió solo.

Un día llegó el avión que esperaban. La hermana Paciencia lo supo cuando ya se habían llevado a dos de las personas que permanecían en régimen de aislamiento en el hospital. Se llevaron a los dos españoles. Al resto les abandonaron allí, en ese hospital fantasma. “Dejaron comida en la puerta y tardé un día en reunir las fuerzas para acercarme a la puerta y recogerla”, explica.

Paciencia se curó y su suero ha sido la salvación para varias personas infectadas. Ocho de sus compañeros murieron. Uno de ellos en España, el cura leonés al que nuestro gobierno trasladó en avión.

“Cuando el ébola llegó a Europa y a Estados Unidos fue como si temblara la tierra, un terremoto. Mientras la enfermedad mataba en tres países de África, nadie hacía nada”.

Le he preguntado si se sintió abandonada por ese avión que nunca llegaba, el que cuando llegó solo se llevó a dos personas. “Las leyes están para cumplirlas. ¿Qué puedo decir? No se puede hacer nada pero… por encima de las leyes, están las personas”.

Ahora, la hermana Paciencia tiene nacionalidad española porque su sangre ha servido para curar.

Su pasaporte dice que ahora ese avión no le dejaría en tierra en un hospital fantasma, que no le dejarían morir en soledad.

Emi*

Amalurra

amalurra

Las personas somos capaces de todo lo bueno cuando nos unimos. Capaces de plantar miles de árboles, capaces de darle forma a un refugio para el espíritu y para el cuerpo en medio de un pequeño paraíso entre montañas. En un mundo en el que el asfalto parece comérselo todo, en el que corremos de un lado a otro, comemos con prisas y dormimos escuchando sirenas y coches en la calle, hay rincones donde comer con calma verdaderas delicias, dormir en absoluto silencio y descansar entre los colores del otoño. A todo esto le ha dado forma un grupo humano impresionante. Reparten el trabajo por grupos, jamás pierden la sonrisa y son capaces de que sientas que ese lugar es también tuyo. Gracias. Esto es Amalurra

Pronto vendrán las lluvias

ANGEL

Ella solía pensar en colores. Yo tenía un campo cromático indefinido, algo más nocturno. En realidad yo era en blanco y negro. Ella se compraba cds. Yo me moría por los clásicos en vinilos. Pero cuando caminaba con ese pulso silencioso y me miraba con esa cara al borde de la decepción, me enamoraba otra vez, aunque fuera un ratito, pero me enamoraba. Era muy raro.

Yo pensaba que esto del amor consistía en planetas que se rozan y en mil meteoritos volando en direcciones opuestas cuando alguien te roza… Pero cuando se acercó a mí, eso no me importó en absoluto. No había planetas explotando ni trozos de materia a mil velocidades. Pero solo importaba que ella estaba frente a mí y hablaba de esto y de aquello.

Ella siempre dormía en el mismo lado de la cama en mi casa y en el lado contrario en la suya. Supongo que no decía muchas cosas por miedo, por timidez o por las dos cosas. Puede que yo no le dejase el espacio suficiente para decirlas. El caso es que ya no nos vemos y escucho parte de su silencio por el pasillo. Ya no sé si me gusta o no me gusta su ausencia. El hecho es que no está y se ha convertido en pasado. Creo que fue culpa mía, o no. Ya no importa. Creo que fui yo quién precipitó su desaparición.

No creo que este cigarro me devuelva su piel, ni esta cerveza sepa como ella y el tiro que voy a meterme ahora mismo seguro que no me da la calma ni el arrullo que me daban sus palabras… Sin embargo, voy a fumarme este cigarro, beberme esta cerveza y meterme ese tiro o muchos más.

Es curioso lo fácil que es morir para las personas. En esta ciudad tan grande, no estar juntos supone que puede que jamás volvamos a vernos. O que pasen meses sin que nos encontremos. Un buen día, al salir de un bar, o en algún concierto nos cruzaremos. Puede que ella vaya de la mano de algún idiota, o puede que no sea nada idiota y que el idiota sea yo. O puede que sea yo el que vaya agarrado a otra persona. Nos saludaremos, como dos extraños, puede que con un movimiento de cabeza. Si ese es el encuentro, se confirmará que fuimos solo dos personas que se cruzan, se dan, se quitan y se van.

Al fin y al cabo ahora soy yo el que piensa en color y ella la que seguramente piense en blanco y negro. Seguro que ve mi imagen en blanco y negro por comportarme de forma tan absurda. Las personas que se cruzan acaban por confundirse, mezclarse y arrojarse a la desesperación de las cosas que pasan. Es como esa frase que dicen sobre los erizos. Hacerse bien por delante, y hacerse mucho daño con las púas cuando nos damos la vuelta. Lo digo por su última mirada de absoluto desprecio. También por  esa manera definitiva de darse la vuelta y dejarme en el banco sentado, al sol. Hacía demasiado sol para ser diciembre y había muy pocas ganas de despedirnos, pero lo hicimos y ahora solo quedan recuerdos que se estrellan contra las aceras y que se irán borrando. Porque este sol de diciembre no durará para siempre. Pronto vendrán las lluvias.

En defensa del lorazepam

Emilia Arias

Emilia Arias

Tengo una cómoda rota desde hace meses y no soy capaz de hacer que los malditos cajones encajen. Solo tienen que abrir y cerrar correctamente pero no puedo hacerlo. Cada vez que saco una camiseta, el puto cajón del medio se me viene encima. Últimamente solo me pongo vestidos o las camisas que quedan en el armario.

Hace meses que quiero poner el póster de un disco  y de una película en un par de paredes de este templo del aburrimiento. No encuentro ni el uno ni el otro. Todos los días me enfado un poco conmigo misma por no ponerle remedio a esta terrible ausencia ornamental. Por no hablar de mi antigua obsesión por las mariposas. Joder, si hasta me tatué dos. Ahora no he encontrado el momento para darles el lugar que merecen en mi hogar.

Es como si viviera dentro de una máquina de procrastinar las pequeñas cosas que antes me apasionaban. Es como si trabajar y leer y hablar y pensar se lo estuviese comiendo todo. Hay una mariposa asustada, escondida y confundida desde hace meses en alguna parte de mi cabeza enorme. No abro los cajones por si se caen y no cuelgo cuadros por si cambio de opinión y encuentro un disco que me guste más que ese que tengo ahora en la cabeza y que seguramente sea otro dentro de diez minutos.

Cuando era adolescente podía enumerar mis diez canciones, escoger mis diez películas, mis tres actores, mis tres actrices y mis diez libros preferidos… Tenía hasta unas galletas preferidas, un lugar del mundo preferido, un país preferido y un árbol preferido. ¿alguien puede explicarme cómo coño he olvidado todo eso? (Creo que el árbol lo recuerdo: el olivo) Ahora no puedo elegir o no quiero hacerlo. Mi memoria se angustia realizando listados.

Desde que llegué a esta casa pensé en instalar una red que colgara del techo, como la de los barcos. La idea era meter dentro algunas cosas especiales para salvarlas de un supuesto naufragio (algo muy lógico en un segundo piso en Bilbao).

Mañana volveré a ponerme vestido, o puede que camisa porque el cajón se seguirá cayendo al abrirlo. Mis paredes seguirán sosas y tristes. Puede que tenga miedo a quedarme. Nunca he querido quedarme en ninguna parte. Es demasiado triste pensar que algo va a congelarse en una pared. La red sigue perfecta en mi imaginación pero no cuelga del techo.

Hay un pequeño desastre dentro de mi aparente ordenado y esquemático mundo. Hay un monstruo al que es mejor no dejar salir un martes o un miércoles por la noche. Hay un par de razones para no alimentar a esa caótica y extraña niña salvaje que se esconde en los cajones que no abro. Porque si los abro, se cae todo, todo, todo lo que hay dentro.

*Emi*

Sin ruedines

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Es su cumpleaños. 52 años arrastrando algunas ilusiones y, supongo, infiernos viejos y nuevos. Escucho su respiración de hombre fumador y flaco. Desliza su pierna de barrio en barrio y mira por la ventana con cinco sentidos, entre el cristal y su cristalino solo un poco de aire húmedo. Le quiero como nunca he querido a nadie del sexo opuesto, le quiero hasta en espacios paralelos, le quiero en notas musicales, en su estudio con su guitarra, en los ruidos de su batería, en los ritmos de sus vinilos viejos, en los campos de una infancia que me invento repasando fotos.
Cuando mi bici tenía ruedines, él agarraba con su mano oscura y llena de cicatrices la barra roja de mi BH. Me perseguía casi volando por aquella carretera irregular y escondida. Me seguía y le daba velocidad a esa bici roja. Entonces, cuando yo sentía que nada en el mundo podía ir más rápido, que no había ruedas más rápidas que sus piernas, soltaba y me decía “ahora tú sola”. Me caía y fruncía el ceño enfadada con mi torpeza. Volvíamos a repetir: “Pedalea ahora, más fuerte”. Y lo hice.
Desde ese momento y hasta hoy, él ha estado presente en cada uno de los ruedines que le he ido quitando a mi vida.
A veces me lo encuentro en un pensamiento roto, en un momento triste que no le cuento para que no sufra por mí, en las canciones que son nuestras y solo nuestras aunque no nos lo digamos. Si se rompe mi corazón de tanto uso, él me acaricia la nuca cuando camino de espaldas y dice “Emilia…”. Lo dice como canturreando, como lo hace todo. Todo él es un gran rock sinfónico, progresivo y lleno de instrumentos, matices, luces que se descomponen y hacen que la luz sea enorme e insoportablemente bonita.
Es su cumpleaños y le cantamos bajito en un restaurante italiano en Embankment. Se pone nervioso, le gusta y se le nota pero le da vergüenza que le queramos tanto. Sonríe como cuando me ve pedalear y yo vuelvo a tener 8 años y él vuelve a empujarme. Se pone triste en mis tristezas, se pone contento en mis risas y nos encontramos en una especie de cielo paralelo y nuestro fabricado a base de silencios y energías cósmicas. Me empuja, me lleva, me cuida, me piensa, me quiere… y se que me quiere como nunca nadie lo hará. Me quiere con todo el cuerpo, con todas mis debilidades, con mis fronteras y mis límites. Me quiere tanto que destroza esos límites y los lleva más allá. Cree en mi más que nadie y yo creo en él como creen los que golpean el muro de las lamentaciones, como creen los que rezan, los que se confiesan, los que miran al cielo y piden. Creo en él porque me abraza y “no pasa nada cariño”. Creo en él porque “hay un tiempo para todo bajo las estrellas, gordi”. Creo en él porque es el sitio de mi recreo. Creo en él porque es el hombre capaz de hacerme reír cuando estoy tan triste que Londres parece gris cuando está soleado. Creo en él y le quiero 52 años más a mi lado, y le quiero siempre en ese espacio parelelo en el que nos encontramos y me empuja y me hace volar lejos, llegar a coger la velocidad de mis sueños mientras pierdo el miedo, mientras todo lo malo se escapa y el viento se lo lleva todo…
A mi aita.

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