La cara que se le queda a una cuando le dicen que ha ganado el IX Premio de Periodismo Joan Gomis

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De idiota. Se le queda a una cara de idiota.

No puedo decir otra cosa que “gracias” cuando recibo un correo que dice: “En la edición IX del Memorial Joan Gomis, el jurado ha deliberado largo y tendido sobre las candidaturas (…) las obras y trayectorias presentadas eran de calidad (…). Me alegra informarte de que tu artículo “Una revolución lenta pero irreversible” ha sido el ganador de la disciplina OBRAS”.

Levanto la cabeza y miro a los lados. Estoy sola en una sala de reuniones de un edificio de oficinas en Madrid (el porqué no viene al caso). Digo “toma, toma, toma”… Vuelvo a levantar la cabeza por si alguien ha escuchado mi gritito. “Mierda, la recepcionista si me ha oído y se está riendo”. Malditas salas acristaladas y modernas. De forma inconsciente me salen frases tan elocuentes como “que guay!qué fuerte! y que ilu!”.  Sigo leyendo y descubro que el otro premiado es  el periodista Tomás Alcoverro, ganador de la disciplina TRAYECTORIAS, corresponsal en Oriente Medio de La Vanguardia. Entonces ya alucino.

Cuando me lo comunican por teléfono se repite la misma escena.

Escribí este reportaje, titulado “Una revolución lenta pero irreversible”,  para Pikara Magazine con cariño y, como todo lo que escribo, tratando de que algo se moviera con cada frase, intentando dar voz con respeto y sencillez.

Esta profesión a veces te da revolcones; precariedad, paro, trabajos mal pagados o que nunca se cobran, horas en la carretera, una vida personal que se resiente y muchas hostias. Conozco demasiada gente valiosa que espera a que suene el teléfono cada día. Suyo es también un cachito de este premio.

Cuesta seguir creyendo en esta profesión cuando los grupos mediáticos son monstruos de generar dinero para que unos pocos se forren mientras lanzan nóminas de risa a grandes profesionales que sacan los proyectos adelante. Cuesta creer cuando en las redacciones se ha instalado el cinismo. Cuesta porque cada vez echo más de menos el compromiso, la vocación y las ganas de simplemente contar las cosas que pasan.

Sigo creyendo que, como decía mi adorado Ryszard Kapuscinski, “los cínicos no sirven para este oficio”. Que me llamen ingenua hasta los 97, pero me sigue pareciendo importante hablar, escribir y grabar las historias que de verdad importan. Esas pequeñas biografías anónimas que empujan el mundo con sus manos son las que importan. Historias como las de estas mujeres que un día se sentaron conmigo en Otxarkoaga para hablar sobre sus pequeñas grandes batallas, mujeres que le pusieron palabras a la lucha de muchas otras. Suyo es también este reconocimiento que, aunque creo que me viene grande (hay gente que lo merece más que yo), me hace muy feliz…

Y entonces me acuerdo de Gabriel García Márquez y repito sus palabras:”se sufre como un perro pero, carajo, este es el mejor oficio del mundo”.

Arriba esas copas. Brindo por todas las personas bonitas que me rodean. Y por mis padres, que dicen que tengo estrella porque me quieren mucho.

Gracias

El periodismo está loco. Yo también.

Conozco pocas periodistas cuerdas y casi ningún periodista cuerdo.

No se me ofenda nadie que lo digo con cariño y planteando mi caso como ejemplo.

Por la mañana sueño con meter cuatro trapos en una mochila, regalar mis plantas, mis cuatro muebles y mis libros y largarme a escribir sobre lo que no se escribe. Lo hago mientras tomo té y escucho las noticias. Cuando dejo de elevarme del suelo, bajo a tierra y aprovecho para enfadarme con colegas de profesión por usar términos como “avalancha masiva” o “amenaza migratoria”. Entonces recuerdo que dentro de poco es el cumple de mi madre y el de mi abuelo y deshago la mochila mentalmente. Casi casi al mismo tiempo me duele la falta de responsabilidad de muchas personas en este sector. En ese mismo instante lo justifico; horarios de mierda, prisas, sueldos de broma, etc. Un minuto después otro argumento: también las personas que consumen información tienen responsabilidad. “Que exijan calidad y dejen de ver Sálvame, coño”. Me respondo a mi misma; “todo el mundo tiene derecho a su porción de vacuidad, a su ratito de vacío, a su espacio para descansar, a sus contradicciones…” Joder, que si la gente quiere mirar para otro lado mientras bombardean Gaza, ¿quién soy yo para juzgarles?. Tienen su propia vida, tienen su propia mierda que gestionar.

Ya en el trabajo, busco a una economista que me hable sobre el IBI, que se ha disparado un 53% en los últimos cinco años. También trato de que un leñador me cuente cómo languidece su profesión … Después propongo temas para el fin de semana; en La Rioja hay una emocionante y vertiginosa carrera de caracoles (va en serio). Me repito a mi misma que no hay historias pequeñas, solo historias mal contadas. Me repito que siempre se aprende de todo, todos los días. Me repito que si lo hago bien, seguro que algo aporto. Me lo repito porque a ratos siento que le estamos robando minutos a las injusticias, a las personas que no tienen voz, a la cultura con mayúsculas, a las cosas que mueven, mejoran y cambian el mundo.

A la hora de comer tiro la toalla: no voy a cambiar el mundo, voy a conformarme con no estropearlo más y educar un par de hijas fantásticas que liderarán la revolución del futuro y salvarán a todos y cada uno de los osos del Ártico. Ya en el postre descarto esta última idea. ¿Cómo voy a tener descendencia yo sola con estos horarios marcianos?. 

Por la tarde hablo con mis amigas para quedar; nos vamos a un concierto. “Qué lujo esta vida disfrutona que tengo”, valoro en un breve pero intenso ataque de optimismo. Pero es que, claro, el mundo es muy grande. Vuelvo a hacer la mochila mentalmente y planeo venir a visitar a toda mi gente un par de veces al año.

Salgo de trabajar y veo a un chico joven que me encuentro siempre en distintos lugares de la ciudad. Siempre lleva la misma ropa, es guapo, tiene el pelo rizado, la mirada a mil kilómetros de aquí y una mochila raída. Se toca la cabeza de forma compulsiva y está solo. Vive en la calle. Siempre está solo. Me dan ganas de parar y hablar con él. Preguntarle por su vida, por su historia, por su mochila y por la distancia entre lo que mira y su mirada. No lo hago. Pienso: “ya he salido de trabajar”. Pienso: “he quedado”. Y ahí empiezo a ver que son borrosos los límites entre la vida y la vocación, entre contar y que te paguen por hacerlo. Ahí es donde me doy cuenta de que nunca he disfrutado tanto como cuando escribía por el simple placer de escribir.

Son profundas las zanjas entre los sueños y atreverte a cumplirlos, entre la vida que te va llevando y los proyectos que te atreves a pelear. Y pelear merece la pena; en la vida, con el micro, con la libreta y el ordenador… Aunque trabajemos mil horas, aunque la nómina no sea justa, aunque nos dejemos la espalda en el intento, aunque nos toquen carreras de caracoles o concursos de marmitako…

Y, ¿Sabes por qué merece la pena? Porque hay días en que sucede, días en los que se da esa emoción de haberlo conseguido, de haber contado algo que sirve, que emociona. Cuando pasa, cuando algo brilla y se te llena el estómago con esa sensación placentera parecida al amor es cuando sabes que esto te hace feliz, al menos razonablemente feliz.  Entonces es cuando le das la razón a Gabo, que dijo una vez que “en el periodismo se sufre como un perro pero es la mejor profesión del mundo”. 

Emi*

Dedicado a las personas que hicieron la mochila y se fueron para contar las cosas que pasan. Dedicado a las personas que no hicieron la mochila y se quedaron a contar las cosas que pasan.

78 años sin Federico

Hoy hace 78 años que sonó el disparo, que calló tu boca, que paró tu mano.

Hoy hace 78 años que llovió tu cuerpo sobre el  suelo, que voló el poeta a Nueva York.

Aquel día no hubo boda, pero todo se llenó de sangre.

Hace 78 años que mataron al poeta. Pobrecitos los que no sabía que ninguna bala podía asesinar tu poesía.

Murió Federico y lloraron las plazas de los pueblos, los teatros, las barracas, las niñas que en la República aprendieron a leer, los sonetos de amores oscuros, los romances y todos los gitanos.

Lloraron a las cinco de la tarde.

Gimen todavía las calles de Granada y las paredes de la Residencia de Estudiantes. Bernarda Alba gritó tan fuerte que asustó a la casada infiel. Yerma corrió sin entender qué pasaba, se agarró el vientre y se arrodilló sobre la tierra.

Esta tierra que esconde tanta muerte, tantas zanjas con sus nombres, con sus sueños, con sus deudas de lágrimas, con sollozos sin dirección, con sus sepulturas sin muertos, sin muertas, sin justicia.

Y todo sigue adelante en este país de olvidos inmensos.

Agosto sigue adelante.

No hubo juicios, no hubo acusación ni hubo fiscales.

Por no abrir heridas (dicen), muchos corazones murieron (y siguen muriendo) desangrados de tanto olvido, de tantas injusticias.

Emi*

 

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas le están mirando
y ella no puede mirarlas.

Federico García Lorca (1924)

 

“Mierda. He vuelto a llorar en sueños”

Esta mañana las calles estaban vacías,

vacíos los coches, un vagón de metro, mi taza de desayuno y las cafeterías.

Yo también ando sin contenido últimamente…

y se escuchan mis pasos desde un cuarto piso.

Igual despierto a alguien con mis tacones.

No creo.  Los pisos también están vacíos.

Dejo mi casa en silencio.

La llave corta el aire con un chasquido y vuelve esa sensación. Las paredes siguen calladas después de la explosión. Llevan meses así. Yo no sé qué  pasa.

Lleno el aire de palabras sin contrincante, de canciones sin recuerdos, de veranos que no importan.

Veranos que pasan como si no pasara nada. Que asfixian como habitaciones sin aire, como peceras vacías, como las manchas de  rimmel en la almohada.

Mierda. He vuelto a llorar en sueños.

Meses de julio que llenan el expediente y se van.

Hoy no me importan las portadas de los periódicos, ni las ruedas de prensa, ni los proyectos de ley…

Siguen matando en Gaza, sigue doliendo,  sigue lloviendo algunos días…

Va a llegar agosto y lo único que se mueve en esta ciudad es el nudo de mi estómago.

A veces es insoportable.

…sigo caminando hacia el trabajo sin despertar a nadie con mis tacones.

Emi

 

 

Grillos que explotan de tanto verano

Escuchó un ruido y salió a la cocina. Un tren acababa de aparcar en su apartamento. Pasaba a menudo, así que volvió a la cama y se abrazó a los cuatro cojines hechos a retales. Siempre empezaba todo de la misma forma. Primero el murmullo con aspiraciones de ruido, después la gente charlando en los vagones y, por último, la extraña sensación de despedirse de cada uno de los pasajeros para siempre. Algo parecido a la nostalgia, pero de colores.

Cuando cerró los ojos, una manta de miedo le subió poco a poco por el cuerpo. Lo cubrió todo como si fuera miel. Le embadurno los ojos, las pestañas y la nariz. Se derramó hasta ensuciar cada alegría. “Es lo que pasa con el miedo, que si no lo conduces, te ensucia y te deja pegajosa”, pensó.

Se acordó entonces de las piscinas en invierno, de la fantástica sensación de desgranar espigas entre los dedos y de ese olor de las noches de San Lorenzo. Mantas en el suelo, estrellas que se mueven y grillos que explotan de tanto verano. Recordar esas cosas hacían que ese pegamento insoportable se despegara de su cuerpo.

Buscó en otro baúl, uno aún más viejo. Encontró un dibujo hecho sin levantar el lápiz, una mesa pintarrajeada en su parte no visible y dos canciones que sabía cantar del revés.

Esa pringosa sensación se fue. Ella se abrazó a los cojines, o a las ausencias, que viene a ser lo mismo, y persiguió el sueño hasta tirarle al suelo.

Dejar de ponerte los zapatos al revés…

Asier (mi hermano) me escribió esto como comentario en este blog. Lo hizo el 18 de junio, día de mi cumpleaños. Aquel día, entre los agradables e infantiles nervios de cada año, lo leí rápido y sin saborearlo. Hoy, después de mucho meneo emocional y mucho tirar de mí sin mirar atrás, por fin lo disfruto. Eso sí, aunque ya no me pongo los zapatos al revés en sentido estricto, sigo haciéndolo en sentido figurado.

“No tengo mucho tiempo y la redacción se resentirá por ello –hasta cabe que tenga lugar un fenómeno al que bautizaría como macedonia de fechas–, pero no quería dejar de sugerirte algunos cuantos consejos por si se diera el caso de que tuvieras que dar ejemplo y –¡qué copón, digámoslo bien clarito!– una educación a un hermano menor.
Puede que poco después de dejar de ponerte los zapatos al revés necesites empezar a ahorrar para la universidad. Prueba a vender en el colegio artículos de primera necesidad con tu amiga Gram… no sé, quizá bombones que podríais hacer vosotras mismas mientras veis Galavisión. Si planeas cruzar la península con tus abuelos y tu hermano sería conveniente que acomodaras al BabyFeber como un pasajero más, eso le hará ver que hay que respetar a todo el mundo, aunque sea de goma. En cualquier caso, procura que te sellen convenientemente el pasaporte en cada pabellón, inculcándole con ello el valor de los papelarrios presentables. No quisiera dejar de aconsejarte también que al acostarte en las literas pongas al corriente a tu hermano de los entresijos del mundo social adulto de 5º de EGB, podrías incluso tratar de enseñarle a dividir mientras sus compañeros aprenden a multiplicar. También hay canciones muy molonas que podría venirle bien ir conociendo: “Caminando por el bosque, lalálaalá, entre la hierba mojada, uhuhuh, una carta me encontré, lalálaalá, la letra estaba borrosa, uhuhuh”. Cambiar el orden de las sílabas de palabras de uso común, como “pato”, puede ser igualmente útil para ir preparando el terreno antes de dormir; de hecho, puede ser incluso mejor que contener la risa después de contemplar el despegue de un albatros. Mantener bien limpitas sus enormes orejas tampoco estaría de más, aunque la cosa pueda terminar en el hospital. Si te ves en la necesidad de echar con él carreras por las escaleras de moqueta arrastrándoos como gusarapos sería mejor que antes le advirtieras: “Vale, pero cuidado con ese horrible perro de ‘porcelana’”. Por otra parte, si pretendes construir con él una casa y necesitáis hacer cemento, aunque no sepáis muy bien para qué, sería mejor que no le dejaras a él ir a por agua para hacer la mezcla, la Adoración podría tener que rescatarlo de una muerte segura entre sapos y salamandras. La gente que sabe de piscinas comprende perfectamente que cabe la posibilidad de que avisar a todos los niños de los alrededores para bañarse en mayo entre algas sea de lo más saludable, aunque los adultos que no entienden de piscinas puede que no lo comprendan tan bien. Hablando de piscinas, no dejemos de decirlo, un detalle feo es amañar el concurso de “Uno para todas” para que tu hermano sea el ganador en el día de su cumpleaños. Tienes mucho que enseñarle, pero no se lo pongas tan fácil. Por ejemplo, una vez que sabes que al volver de gimnasia rítmica el coche no va a despegar por mucho que abráis y cerréis las puertas por la A6, házselo saber. Igualmente, una vez que tienes claro que si te pica un bicho y el brazo parece ir a caérsete lo mejor es taparle desde atrás los ojos a tu tío Quique mientras conduce, también házselo saber. En definitiva, esa sabiduría que una va adquiriendo es mejor compartirla.
No quiero imaginar qué hubiera sido de mí si no lo hubieras hecho.”

Un regalo

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Acabas de cumplir 30 y aún te veo con las rodillas llenas de postillas. Hay algunos trucos para sobrevivir a esta edad sin perder brillo.
Para empezar es muy importante que no dejes de construir jamás “sabandijas asquerosas” y que sigas escalando cómo lo hacían los “zapatos eléctricos”. Puede que te cueste ahora, pero trata de conducir un coche sin ruedas en el desguace de Almázcara. Tendrás que buscar a ese bicho rosa y si, volver a dormir con Pequis alguna vez. Te echa de menos. 

En verano súbete al remolque sin caer bajo la piedra del arado y come yogures caducados a escondidas en el gallinero. Sigo pensando que vaciarlos en cubos negros es más divertido y además, se consiguen colores que ni existen.

Cantar canciones al revés es muy útil a estas alturas. También hacer versiones de temas clásicos que integren palabras como “water” y “papel higiénico”. De cualquier manera, no olvides los tambores de detergente ni las botellas rotas de la bodega. Nunca se sabe donde puede hacerte falta instalar una buena Taberna del Rock.

Las hamacas son mejores si te das fuerte entre dos cerezos y la usas de lanzadera. Puede suceder que tu hermana se caiga y escupa los dientes (daños colaterales). Ningún lugar del caribe será mejor que esa hamaca entre aquellos dos árboles. Ah! acampa en el jardín y sube a dormir a la cama a media noche. Y si cierras la tienda con llave y candado ten especial cuidado con lanzar la llave al río en un ataque profundo de estupidez gritando “soy el Cabasorro” con acento gringo.

Te ruego encarecidamente que repitas las olimpiadas aquellas del pasillo. Creo que hubo un par de medallas injustas y quiero la revancha. No te guardo rencor por dejarme siempre el coche que menos corre en el Scalextric “porque se te va a salir fijo de la carretera”. Estás perdonado. También te perdono el puñetazo en la boca del estómago el día que te revelaste… el día en el que dejé de darte órdenes (creo) de una vez y para siempre. Me lo merecía por coñazo.

No voy a hablar aquí ni de los tazos, ni de las Spice Girls, ni de nuestra habilidad para doblar películas, ni de tu afición por beber colonia e incendiar casas. No lo haré. Tampoco hablaré sobre el susto del atropello, ni sobre la desaparición más bizarra de la historia ni sobre tu éxito en la pubertad, cuando aún la barba no tapaba tus pecas…

De eso y del resto, de las cosas que pasan ahora, tenemos tiempo para hablar, hermano. Al menos 3 veces 30. Más, si nos dejan.

¿Qué hace la gente que no tiene hermanos como tú? ¿Con quién juegan? ¿Con quién se mueren de risa? ¿Con quién lloran? ¿Con quién juegan a “sumoculín”?

Asier, ahora tienes 30 y eres un barbudo. Eso tenemos que asumirlo. Y yo, al borde de los 32, sigo pensando que el paraíso eran aquellas patatas paja de la abueli con un universo para inventar después de la cena…

 

Emi

 

Súbeme la falda ahora

Vayamos unos años atrás. Tengo 12 años, un vestido verde de florecitas blancas y ni siquiera llevo ortodoncia en los dientes. Tengo las paletas separadas y eso me acompleja hasta el punto que me río apretando los labios con timidez absurda. Voy en autobús cada día al Colegio Rural Agrupado de Navatejera.

Cada mañana y cada tarde se repite el mismo rito. Un chico, de los repetidores, espera una a una a que subamos las chicas y nos va tocando el culo una a una. Él ya tiene 15 y es de los “malos” del colegio. Corremos a nuestros asientos y las risas de los que ocupan las primeras plazas nos salpican a todas. Al bajar, se repite su exhibición de fuerza. Hasta el conductor del autobús se ríe.

Volvamos a aquel vestido verde. Una tarde vuelvo en autobús del colegio con ese famoso vestido, uno de mis preferidos de la historia, y el pelo bastante más corto que ahora. No me quedaba bien pero era lo que se llevaba y con 12 no piensas con claridad. Llevo las piernas al aire porque a finales de mayo, en la periferia leonesa, hace calor. Cuando llega mi parada bajo. Él, el chico malote del cole, vuelve a hacer lo mismo. Esta vez, no contento con tocarme el culo como hacía habitualmente, me sube el vestido y dice algunas barbaridades que andarán garabateadas en algún diario pero que he olvidado con los años. En ese momento siento tanta humillación y rabia que me giro. Simplemente me canso de aguantar. Le cruzo la cara de un guantazo.

Si la historia terminase aquí, sería una bonita crónica de mi despertar como niña / mujer empoderada… Un relato breve pero intenso de cómo las oprimidas nos revelamos ante las injusticias diarias, pequeñas pero dolorosas. Si, como esas gotitas de agua que horadan con tenacidad las cuevas de Valporquero. Pero no. No acaba aquí.

El chico en cuestión, llamémosle I., me agarra por la mochila y tira de mí. Sujetándome los brazos me da tantas patadas que, cuando me deja libre por puro cansancio, casi no puedo caminar.

Lloro en la esquina un rato. Odio mi vestido verde y pienso que era mejor no volver a ponérmelo. Cuando me calmo, me voy a casa.

Siempre se me nota cuando lloro así que entro en casa y me voy directa a la habitación. No se si podéis recordar lo desgraciada que te puedes sentir cuando tienes doce y trece años y sufres una humillación de este nivel. Bien, pues así me siento en ese momento.

Mi padre entra y me hace un tercer grado.

Aguanto y callo mientras puedo. Al fin y al cabo, la culpa, pienso en aquel momento, es mía por responder a lo que todas aguantamos a diario. Finalmente levanto la falda y sin decir una palabra le enseño a mis padres cómo han quedado mis piernas. Hay moratones inmensos de color negro y morado por todas las piernas adolescentes. Me sorbo los mocos y cuento lo que ha pasado…

Aquel muchacho no volvió a ponerme una mano encima. Creo que mi padre tuvo una intensa charla con él.

Por mi parte, nunca le dije nada y hasta charlaba afablemente con él si me lo encontraba por ahí. Hasta, lerda que es una con el autoestima adolescente a medio hacer, bailé con él. Eso antes de que le metieran preso, claro.

Yo hoy… 20 años después de aquel incidente, quiero decirle desde aquí que se vaya a la mierda y que, si tiene huevos, venga a subirme ahora el vestido.

Emi

 

 

   

Gabo se va a Macondo

“Así es -suspiró el coronel-. La vida es la cosa mejor que se ha inventado”.

El hombre que iba a morir se llamaba… Gabriel. Así empezó una de sus novelas. Así acaban todas las novelas, con la muerte. También la vida de Gabriel García Márquez tenía que terminar. Aunque se cierre de golpe la pluma brillante de América Latina, él también se acaba, con pena, como todas sus obras.

 El realismo mágico se queda sin tu varita.

Todo el mundo se va, Gabriel, pero no todo el mundo tiene quién le escriba, coronel de pluma y sueños.

 Macondo está más triste que el día que murió Remedios la Bella. Aureliano Buendía se arrodilla y se quita ese sombrero blanco de colombiano elegante, de caribeño afable, sentado junto a los huesos de toda su estirpe. En el patio de esa casa que he visto tantas veces.

 Todo el árbol genealógico de Macondo está de luto. Todos los aurelianos salen en procesión de lágrimas por las blancas calles, se cruzan con el circo, los cacharreros, los amores que se dan en los tiempos del cólera, las esperas infinitas y las putas tristes, muy tristes.

Fermina Daza y Florentino Ariza se besan una vez más para calmar su pena y agradecer el regalo de la historia más hermosa, tu regalo.

Salvador Allende te hace un hueco, agradecido por contar tan bien la operación Condor. Colombia entera te llora por dar testimonio de su historia y sus pasiones. El periodismo te llora por tu Noticia de un secuestro, por ser tan honesto y enseñarnos tanto. Y aunque sea la crónica de una muerte anunciada, es triste carajo, muy triste… Pero no hablemos más del amor y otros demonios, que toca despedirse. 

Te vas, maestro impecable, y nos dejas 100 años de soledad y mil años para igualarte.

Emi

 

Vuelvo

Cuando abandoné la escritura automática todo se volvió aburrido. Hasta yo. Duró pocos días ese hastío y me recuperé en seguida. El aburrimiento se quedó solo lo suficiente para darme cuenta de que necesitaba volver a comer sugus, a rodar dentro de una caja de cartón y a fundar algún club exclusivo en el que podía estar exclusivamente todo el mundo que quisiera.

Pasó lo mismo cuando el verano dejó de durar tres meses, dos libros de vacaciones Santillana y uno de Anaya. Cuando las conversaciones parecían un ascensor hacia el piso 6.542. Un eterno hablar del tiempo, las vacaciones, el cansancio y los días soleados. Entonces me propuse que lo haría:  necesitaba quitarme ese barniz de adulta sabelotodo o acabaría por no reírme ni una mierda.

El proceso de recuperación no fue largo gracias a grandes dosis de estupidez, desaprendí cosas que amenazaban con volverme de color paloma. No fue fácil.

¿Podemos compaginar eso de que el mundo sea a veces una mierda con eso de que el mundo sea a veces un lugar maravilloso y acojonante?

Definitivamente, si.

Y entonces te das cuenta de que han salido demasiados girasoles en el mirador porque no hiciste caso a las instrucciones clarísimas de la caja de semillas… Lo tengo todo planeado. Comeré pipas todo el invierno.

Vuelvo a la escritura automática.

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