Amalurra

amalurra

Las personas somos capaces de todo lo bueno cuando nos unimos. Capaces de plantar miles de árboles, capaces de darle forma a un refugio para el espíritu y para el cuerpo en medio de un pequeño paraíso entre montañas. En un mundo en el que el asfalto parece comérselo todo, en el que corremos de un lado a otro, comemos con prisas y dormimos escuchando sirenas y coches en la calle, hay rincones donde comer con calma verdaderas delicias, dormir en absoluto silencio y descansar entre los colores del otoño. A todo esto le ha dado forma un grupo humano impresionante. Reparten el trabajo por grupos, jamás pierden la sonrisa y son capaces de que sientas que ese lugar es también tuyo. Gracias. Esto es Amalurra

Pronto vendrán las lluvias

ANGEL

Ella solía pensar en colores. Yo tenía un campo cromático indefinido, algo más nocturno. En realidad yo era en blanco y negro. Ella se compraba cds. Yo me moría por los clásicos en vinilos. Pero cuando caminaba con ese pulso silencioso y me miraba con esa cara al borde de la decepción, me enamoraba otra vez, aunque fuera un ratito, pero me enamoraba. Era muy raro.

Yo pensaba que esto del amor consistía en planetas que se rozan y en mil meteoritos volando en direcciones opuestas cuando alguien te roza… Pero cuando se acercó a mí, eso no me importó en absoluto. No había planetas explotando ni trozos de materia a mil velocidades. Pero solo importaba que ella estaba frente a mí y hablaba de esto y de aquello.

Ella siempre dormía en el mismo lado de la cama en mi casa y en el lado contrario en la suya. Supongo que no decía muchas cosas por miedo, por timidez o por las dos cosas. Puede que yo no le dejase el espacio suficiente para decirlas. El caso es que ya no nos vemos y escucho parte de su silencio por el pasillo. Ya no sé si me gusta o no me gusta su ausencia. El hecho es que no está y se ha convertido en pasado. Creo que fue culpa mía, o no. Ya no importa. Creo que fui yo quién precipitó su desaparición.

No creo que este cigarro me devuelva su piel, ni esta cerveza sepa como ella y el tiro que voy a meterme ahora mismo seguro que no me da la calma ni el arrullo que me daban sus palabras… Sin embargo, voy a fumarme este cigarro, beberme esta cerveza y meterme ese tiro o muchos más.

Es curioso lo fácil que es morir para las personas. En esta ciudad tan grande, no estar juntos supone que puede que jamás volvamos a vernos. O que pasen meses sin que nos encontremos. Un buen día, al salir de un bar, o en algún concierto nos cruzaremos. Puede que ella vaya de la mano de algún idiota, o puede que no sea nada idiota y que el idiota sea yo. O puede que sea yo el que vaya agarrado a otra persona. Nos saludaremos, como dos extraños, puede que con un movimiento de cabeza. Si ese es el encuentro, se confirmará que fuimos solo dos personas que se cruzan, se dan, se quitan y se van.

Al fin y al cabo ahora soy yo el que piensa en color y ella la que seguramente piense en blanco y negro. Seguro que ve mi imagen en blanco y negro por comportarme de forma tan absurda. Las personas que se cruzan acaban por confundirse, mezclarse y arrojarse a la desesperación de las cosas que pasan. Es como esa frase que dicen sobre los erizos. Hacerse bien por delante, y hacerse mucho daño con las púas cuando nos damos la vuelta. Lo digo por su última mirada de absoluto desprecio. También por  esa manera definitiva de darse la vuelta y dejarme en el banco sentado, al sol. Hacía demasiado sol para ser diciembre y había muy pocas ganas de despedirnos, pero lo hicimos y ahora solo quedan recuerdos que se estrellan contra las aceras y que se irán borrando. Porque este sol de diciembre no durará para siempre. Pronto vendrán las lluvias.

En defensa del lorazepam

Emilia Arias

Emilia Arias

Tengo una cómoda rota desde hace meses y no soy capaz de hacer que los malditos cajones encajen. Solo tienen que abrir y cerrar correctamente pero no puedo hacerlo. Cada vez que saco una camiseta, el puto cajón del medio se me viene encima. Últimamente solo me pongo vestidos o las camisas que quedan en el armario.

Hace meses que quiero poner el póster de un disco  y de una película en un par de paredes de este templo del aburrimiento. No encuentro ni el uno ni el otro. Todos los días me enfado un poco conmigo misma por no ponerle remedio a esta terrible ausencia ornamental. Por no hablar de mi antigua obsesión por las mariposas. Joder, si hasta me tatué dos. Ahora no he encontrado el momento para darles el lugar que merecen en mi hogar.

Es como si viviera dentro de una máquina de procrastinar las pequeñas cosas que antes me apasionaban. Es como si trabajar y leer y hablar y pensar se lo estuviese comiendo todo. Hay una mariposa asustada, escondida y confundida desde hace meses en alguna parte de mi cabeza enorme. No abro los cajones por si se caen y no cuelgo cuadros por si cambio de opinión y encuentro un disco que me guste más que ese que tengo ahora en la cabeza y que seguramente sea otro dentro de diez minutos.

Cuando era adolescente podía enumerar mis diez canciones, escoger mis diez películas, mis tres actores, mis tres actrices y mis diez libros preferidos… Tenía hasta unas galletas preferidas, un lugar del mundo preferido, un país preferido y un árbol preferido. ¿alguien puede explicarme cómo coño he olvidado todo eso? (Creo que el árbol lo recuerdo: el olivo) Ahora no puedo elegir o no quiero hacerlo. Mi memoria se angustia realizando listados.

Desde que llegué a esta casa pensé en instalar una red que colgara del techo, como la de los barcos. La idea era meter dentro algunas cosas especiales para salvarlas de un supuesto naufragio (algo muy lógico en un segundo piso en Bilbao).

Mañana volveré a ponerme vestido, o puede que camisa porque el cajón se seguirá cayendo al abrirlo. Mis paredes seguirán sosas y tristes. Puede que tenga miedo a quedarme. Nunca he querido quedarme en ninguna parte. Es demasiado triste pensar que algo va a congelarse en una pared. La red sigue perfecta en mi imaginación pero no cuelga del techo.

Hay un pequeño desastre dentro de mi aparente ordenado y esquemático mundo. Hay un monstruo al que es mejor no dejar salir un martes o un miércoles por la noche. Hay un par de razones para no alimentar a esa caótica y extraña niña salvaje que se esconde en los cajones que no abro. Porque si los abro, se cae todo, todo, todo lo que hay dentro.

*Emi*

Sin ruedines

joy
Es su cumpleaños. 52 años arrastrando algunas ilusiones y, supongo, infiernos viejos y nuevos. Escucho su respiración de hombre fumador y flaco. Desliza su pierna de barrio en barrio y mira por la ventana con cinco sentidos, entre el cristal y su cristalino solo un poco de aire húmedo. Le quiero como nunca he querido a nadie del sexo opuesto, le quiero hasta en espacios paralelos, le quiero en notas musicales, en su estudio con su guitarra, en los ruidos de su batería, en los ritmos de sus vinilos viejos, en los campos de una infancia que me invento repasando fotos.
Cuando mi bici tenía ruedines, él agarraba con su mano oscura y llena de cicatrices la barra roja de mi BH. Me perseguía casi volando por aquella carretera irregular y escondida. Me seguía y le daba velocidad a esa bici roja. Entonces, cuando yo sentía que nada en el mundo podía ir más rápido, que no había ruedas más rápidas que sus piernas, soltaba y me decía “ahora tú sola”. Me caía y fruncía el ceño enfadada con mi torpeza. Volvíamos a repetir: “Pedalea ahora, más fuerte”. Y lo hice.
Desde ese momento y hasta hoy, él ha estado presente en cada uno de los ruedines que le he ido quitando a mi vida.
A veces me lo encuentro en un pensamiento roto, en un momento triste que no le cuento para que no sufra por mí, en las canciones que son nuestras y solo nuestras aunque no nos lo digamos. Si se rompe mi corazón de tanto uso, él me acaricia la nuca cuando camino de espaldas y dice “Emilia…”. Lo dice como canturreando, como lo hace todo. Todo él es un gran rock sinfónico, progresivo y lleno de instrumentos, matices, luces que se descomponen y hacen que la luz sea enorme e insoportablemente bonita.
Es su cumpleaños y le cantamos bajito en un restaurante italiano en Embankment. Se pone nervioso, le gusta y se le nota pero le da vergüenza que le queramos tanto. Sonríe como cuando me ve pedalear y yo vuelvo a tener 8 años y él vuelve a empujarme. Se pone triste en mis tristezas, se pone contento en mis risas y nos encontramos en una especie de cielo paralelo y nuestro fabricado a base de silencios y energías cósmicas. Me empuja, me lleva, me cuida, me piensa, me quiere… y se que me quiere como nunca nadie lo hará. Me quiere con todo el cuerpo, con todas mis debilidades, con mis fronteras y mis límites. Me quiere tanto que destroza esos límites y los lleva más allá. Cree en mi más que nadie y yo creo en él como creen los que golpean el muro de las lamentaciones, como creen los que rezan, los que se confiesan, los que miran al cielo y piden. Creo en él porque me abraza y “no pasa nada cariño”. Creo en él porque “hay un tiempo para todo bajo las estrellas, gordi”. Creo en él porque es el sitio de mi recreo. Creo en él porque es el hombre capaz de hacerme reír cuando estoy tan triste que Londres parece gris cuando está soleado. Creo en él y le quiero 52 años más a mi lado, y le quiero siempre en ese espacio parelelo en el que nos encontramos y me empuja y me hace volar lejos, llegar a coger la velocidad de mis sueños mientras pierdo el miedo, mientras todo lo malo se escapa y el viento se lo lleva todo…
A mi aita.

La cara que se le queda a una cuando le dicen que ha ganado el IX Premio de Periodismo Joan Gomis

DSCN3641

De idiota. Se le queda a una cara de idiota.

No puedo decir otra cosa que “gracias” cuando recibo un correo que dice: “En la edición IX del Memorial Joan Gomis, el jurado ha deliberado largo y tendido sobre las candidaturas (…) las obras y trayectorias presentadas eran de calidad (…). Me alegra informarte de que tu artículo “Una revolución lenta pero irreversible” ha sido el ganador de la disciplina OBRAS”.

Levanto la cabeza y miro a los lados. Estoy sola en una sala de reuniones de un edificio de oficinas en Madrid (el porqué no viene al caso). Digo “toma, toma, toma”… Vuelvo a levantar la cabeza por si alguien ha escuchado mi gritito. “Mierda, la recepcionista si me ha oído y se está riendo”. Malditas salas acristaladas y modernas. De forma inconsciente me salen frases tan elocuentes como “que guay!qué fuerte! y que ilu!”.  Sigo leyendo y descubro que el otro premiado es  el periodista Tomás Alcoverro, ganador de la disciplina TRAYECTORIAS, corresponsal en Oriente Medio de La Vanguardia. Entonces ya alucino.

Cuando me lo comunican por teléfono se repite la misma escena.

Escribí este reportaje, titulado “Una revolución lenta pero irreversible”,  para Pikara Magazine con cariño y, como todo lo que escribo, tratando de que algo se moviera con cada frase, intentando dar voz con respeto y sencillez.

Esta profesión a veces te da revolcones; precariedad, paro, trabajos mal pagados o que nunca se cobran, horas en la carretera, una vida personal que se resiente y muchas hostias. Conozco demasiada gente valiosa que espera a que suene el teléfono cada día. Suyo es también un cachito de este premio.

Cuesta seguir creyendo en esta profesión cuando los grupos mediáticos son monstruos de generar dinero para que unos pocos se forren mientras lanzan nóminas de risa a grandes profesionales que sacan los proyectos adelante. Cuesta creer cuando en las redacciones se ha instalado el cinismo. Cuesta porque cada vez echo más de menos el compromiso, la vocación y las ganas de simplemente contar las cosas que pasan.

Sigo creyendo que, como decía mi adorado Ryszard Kapuscinski, “los cínicos no sirven para este oficio”. Que me llamen ingenua hasta los 97, pero me sigue pareciendo importante hablar, escribir y grabar las historias que de verdad importan. Esas pequeñas biografías anónimas que empujan el mundo con sus manos son las que importan. Historias como las de estas mujeres que un día se sentaron conmigo en Otxarkoaga para hablar sobre sus pequeñas grandes batallas, mujeres que le pusieron palabras a la lucha de muchas otras. Suyo es también este reconocimiento que, aunque creo que me viene grande (hay gente que lo merece más que yo), me hace muy feliz…

Y entonces me acuerdo de Gabriel García Márquez y repito sus palabras:”se sufre como un perro pero, carajo, este es el mejor oficio del mundo”.

Arriba esas copas. Brindo por todas las personas bonitas que me rodean. Y por mis padres, que dicen que tengo estrella porque me quieren mucho.

Gracias

El periodismo está loco. Yo también.

Conozco pocas periodistas cuerdas y casi ningún periodista cuerdo.

No se me ofenda nadie que lo digo con cariño y planteando mi caso como ejemplo.

Por la mañana sueño con meter cuatro trapos en una mochila, regalar mis plantas, mis cuatro muebles y mis libros y largarme a escribir sobre lo que no se escribe. Lo hago mientras tomo té y escucho las noticias. Cuando dejo de elevarme del suelo, bajo a tierra y aprovecho para enfadarme con colegas de profesión por usar términos como “avalancha masiva” o “amenaza migratoria”. Entonces recuerdo que dentro de poco es el cumple de mi madre y el de mi abuelo y deshago la mochila mentalmente. Casi casi al mismo tiempo me duele la falta de responsabilidad de muchas personas en este sector. En ese mismo instante lo justifico; horarios de mierda, prisas, sueldos de broma, etc. Un minuto después otro argumento: también las personas que consumen información tienen responsabilidad. “Que exijan calidad y dejen de ver Sálvame, coño”. Me respondo a mi misma; “todo el mundo tiene derecho a su porción de vacuidad, a su ratito de vacío, a su espacio para descansar, a sus contradicciones…” Joder, que si la gente quiere mirar para otro lado mientras bombardean Gaza, ¿quién soy yo para juzgarles?. Tienen su propia vida, tienen su propia mierda que gestionar.

Ya en el trabajo, busco a una economista que me hable sobre el IBI, que se ha disparado un 53% en los últimos cinco años. También trato de que un leñador me cuente cómo languidece su profesión … Después propongo temas para el fin de semana; en La Rioja hay una emocionante y vertiginosa carrera de caracoles (va en serio). Me repito a mi misma que no hay historias pequeñas, solo historias mal contadas. Me repito que siempre se aprende de todo, todos los días. Me repito que si lo hago bien, seguro que algo aporto. Me lo repito porque a ratos siento que le estamos robando minutos a las injusticias, a las personas que no tienen voz, a la cultura con mayúsculas, a las cosas que mueven, mejoran y cambian el mundo.

A la hora de comer tiro la toalla: no voy a cambiar el mundo, voy a conformarme con no estropearlo más y educar un par de hijas fantásticas que liderarán la revolución del futuro y salvarán a todos y cada uno de los osos del Ártico. Ya en el postre descarto esta última idea. ¿Cómo voy a tener descendencia yo sola con estos horarios marcianos?. 

Por la tarde hablo con mis amigas para quedar; nos vamos a un concierto. “Qué lujo esta vida disfrutona que tengo”, valoro en un breve pero intenso ataque de optimismo. Pero es que, claro, el mundo es muy grande. Vuelvo a hacer la mochila mentalmente y planeo venir a visitar a toda mi gente un par de veces al año.

Salgo de trabajar y veo a un chico joven que me encuentro siempre en distintos lugares de la ciudad. Siempre lleva la misma ropa, es guapo, tiene el pelo rizado, la mirada a mil kilómetros de aquí y una mochila raída. Se toca la cabeza de forma compulsiva y está solo. Vive en la calle. Siempre está solo. Me dan ganas de parar y hablar con él. Preguntarle por su vida, por su historia, por su mochila y por la distancia entre lo que mira y su mirada. No lo hago. Pienso: “ya he salido de trabajar”. Pienso: “he quedado”. Y ahí empiezo a ver que son borrosos los límites entre la vida y la vocación, entre contar y que te paguen por hacerlo. Ahí es donde me doy cuenta de que nunca he disfrutado tanto como cuando escribía por el simple placer de escribir.

Son profundas las zanjas entre los sueños y atreverte a cumplirlos, entre la vida que te va llevando y los proyectos que te atreves a pelear. Y pelear merece la pena; en la vida, con el micro, con la libreta y el ordenador… Aunque trabajemos mil horas, aunque la nómina no sea justa, aunque nos dejemos la espalda en el intento, aunque nos toquen carreras de caracoles o concursos de marmitako…

Y, ¿Sabes por qué merece la pena? Porque hay días en que sucede, días en los que se da esa emoción de haberlo conseguido, de haber contado algo que sirve, que emociona. Cuando pasa, cuando algo brilla y se te llena el estómago con esa sensación placentera parecida al amor es cuando sabes que esto te hace feliz, al menos razonablemente feliz.  Entonces es cuando le das la razón a Gabo, que dijo una vez que “en el periodismo se sufre como un perro pero es la mejor profesión del mundo”. 

Emi*

Dedicado a las personas que hicieron la mochila y se fueron para contar las cosas que pasan. Dedicado a las personas que no hicieron la mochila y se quedaron a contar las cosas que pasan.

78 años sin Federico

Hoy hace 78 años que sonó el disparo, que calló tu boca, que paró tu mano.

Hoy hace 78 años que llovió tu cuerpo sobre el  suelo, que voló el poeta a Nueva York.

Aquel día no hubo boda, pero todo se llenó de sangre.

Hace 78 años que mataron al poeta. Pobrecitos los que no sabía que ninguna bala podía asesinar tu poesía.

Murió Federico y lloraron las plazas de los pueblos, los teatros, las barracas, las niñas que en la República aprendieron a leer, los sonetos de amores oscuros, los romances y todos los gitanos.

Lloraron a las cinco de la tarde.

Gimen todavía las calles de Granada y las paredes de la Residencia de Estudiantes. Bernarda Alba gritó tan fuerte que asustó a la casada infiel. Yerma corrió sin entender qué pasaba, se agarró el vientre y se arrodilló sobre la tierra.

Esta tierra que esconde tanta muerte, tantas zanjas con sus nombres, con sus sueños, con sus deudas de lágrimas, con sollozos sin dirección, con sus sepulturas sin muertos, sin muertas, sin justicia.

Y todo sigue adelante en este país de olvidos inmensos.

Agosto sigue adelante.

No hubo juicios, no hubo acusación ni hubo fiscales.

Por no abrir heridas (dicen), muchos corazones murieron (y siguen muriendo) desangrados de tanto olvido, de tantas injusticias.

Emi*

 

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Con la sombra en la cintura
ella sueña en su baranda,
verde carne, pelo verde,
con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.
Bajo la luna gitana,
las cosas le están mirando
y ella no puede mirarlas.

Federico García Lorca (1924)

 

“Mierda. He vuelto a llorar en sueños”

Esta mañana las calles estaban vacías,

vacíos los coches, un vagón de metro, mi taza de desayuno y las cafeterías.

Yo también ando sin contenido últimamente…

y se escuchan mis pasos desde un cuarto piso.

Igual despierto a alguien con mis tacones.

No creo.  Los pisos también están vacíos.

Dejo mi casa en silencio.

La llave corta el aire con un chasquido y vuelve esa sensación. Las paredes siguen calladas después de la explosión. Llevan meses así. Yo no sé qué  pasa.

Lleno el aire de palabras sin contrincante, de canciones sin recuerdos, de veranos que no importan.

Veranos que pasan como si no pasara nada. Que asfixian como habitaciones sin aire, como peceras vacías, como las manchas de  rimmel en la almohada.

Mierda. He vuelto a llorar en sueños.

Meses de julio que llenan el expediente y se van.

Hoy no me importan las portadas de los periódicos, ni las ruedas de prensa, ni los proyectos de ley…

Siguen matando en Gaza, sigue doliendo,  sigue lloviendo algunos días…

Va a llegar agosto y lo único que se mueve en esta ciudad es el nudo de mi estómago.

A veces es insoportable.

…sigo caminando hacia el trabajo sin despertar a nadie con mis tacones.

Emi

 

 

Grillos que explotan de tanto verano

Escuchó un ruido y salió a la cocina. Un tren acababa de aparcar en su apartamento. Pasaba a menudo, así que volvió a la cama y se abrazó a los cuatro cojines hechos a retales. Siempre empezaba todo de la misma forma. Primero el murmullo con aspiraciones de ruido, después la gente charlando en los vagones y, por último, la extraña sensación de despedirse de cada uno de los pasajeros para siempre. Algo parecido a la nostalgia, pero de colores.

Cuando cerró los ojos, una manta de miedo le subió poco a poco por el cuerpo. Lo cubrió todo como si fuera miel. Le embadurno los ojos, las pestañas y la nariz. Se derramó hasta ensuciar cada alegría. “Es lo que pasa con el miedo, que si no lo conduces, te ensucia y te deja pegajosa”, pensó.

Se acordó entonces de las piscinas en invierno, de la fantástica sensación de desgranar espigas entre los dedos y de ese olor de las noches de San Lorenzo. Mantas en el suelo, estrellas que se mueven y grillos que explotan de tanto verano. Recordar esas cosas hacían que ese pegamento insoportable se despegara de su cuerpo.

Buscó en otro baúl, uno aún más viejo. Encontró un dibujo hecho sin levantar el lápiz, una mesa pintarrajeada en su parte no visible y dos canciones que sabía cantar del revés.

Esa pringosa sensación se fue. Ella se abrazó a los cojines, o a las ausencias, que viene a ser lo mismo, y persiguió el sueño hasta tirarle al suelo.

Dejar de ponerte los zapatos al revés…

Asier (mi hermano) me escribió esto como comentario en este blog. Lo hizo el 18 de junio, día de mi cumpleaños. Aquel día, entre los agradables e infantiles nervios de cada año, lo leí rápido y sin saborearlo. Hoy, después de mucho meneo emocional y mucho tirar de mí sin mirar atrás, por fin lo disfruto. Eso sí, aunque ya no me pongo los zapatos al revés en sentido estricto, sigo haciéndolo en sentido figurado.

“No tengo mucho tiempo y la redacción se resentirá por ello –hasta cabe que tenga lugar un fenómeno al que bautizaría como macedonia de fechas–, pero no quería dejar de sugerirte algunos cuantos consejos por si se diera el caso de que tuvieras que dar ejemplo y –¡qué copón, digámoslo bien clarito!– una educación a un hermano menor.
Puede que poco después de dejar de ponerte los zapatos al revés necesites empezar a ahorrar para la universidad. Prueba a vender en el colegio artículos de primera necesidad con tu amiga Gram… no sé, quizá bombones que podríais hacer vosotras mismas mientras veis Galavisión. Si planeas cruzar la península con tus abuelos y tu hermano sería conveniente que acomodaras al BabyFeber como un pasajero más, eso le hará ver que hay que respetar a todo el mundo, aunque sea de goma. En cualquier caso, procura que te sellen convenientemente el pasaporte en cada pabellón, inculcándole con ello el valor de los papelarrios presentables. No quisiera dejar de aconsejarte también que al acostarte en las literas pongas al corriente a tu hermano de los entresijos del mundo social adulto de 5º de EGB, podrías incluso tratar de enseñarle a dividir mientras sus compañeros aprenden a multiplicar. También hay canciones muy molonas que podría venirle bien ir conociendo: “Caminando por el bosque, lalálaalá, entre la hierba mojada, uhuhuh, una carta me encontré, lalálaalá, la letra estaba borrosa, uhuhuh”. Cambiar el orden de las sílabas de palabras de uso común, como “pato”, puede ser igualmente útil para ir preparando el terreno antes de dormir; de hecho, puede ser incluso mejor que contener la risa después de contemplar el despegue de un albatros. Mantener bien limpitas sus enormes orejas tampoco estaría de más, aunque la cosa pueda terminar en el hospital. Si te ves en la necesidad de echar con él carreras por las escaleras de moqueta arrastrándoos como gusarapos sería mejor que antes le advirtieras: “Vale, pero cuidado con ese horrible perro de ‘porcelana’”. Por otra parte, si pretendes construir con él una casa y necesitáis hacer cemento, aunque no sepáis muy bien para qué, sería mejor que no le dejaras a él ir a por agua para hacer la mezcla, la Adoración podría tener que rescatarlo de una muerte segura entre sapos y salamandras. La gente que sabe de piscinas comprende perfectamente que cabe la posibilidad de que avisar a todos los niños de los alrededores para bañarse en mayo entre algas sea de lo más saludable, aunque los adultos que no entienden de piscinas puede que no lo comprendan tan bien. Hablando de piscinas, no dejemos de decirlo, un detalle feo es amañar el concurso de “Uno para todas” para que tu hermano sea el ganador en el día de su cumpleaños. Tienes mucho que enseñarle, pero no se lo pongas tan fácil. Por ejemplo, una vez que sabes que al volver de gimnasia rítmica el coche no va a despegar por mucho que abráis y cerréis las puertas por la A6, házselo saber. Igualmente, una vez que tienes claro que si te pica un bicho y el brazo parece ir a caérsete lo mejor es taparle desde atrás los ojos a tu tío Quique mientras conduce, también házselo saber. En definitiva, esa sabiduría que una va adquiriendo es mejor compartirla.
No quiero imaginar qué hubiera sido de mí si no lo hubieras hecho.”

Post Navigation

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 25 seguidores